miércoles

Adopción

Reconozco que una de las cosas que más me irritan es esta especie de dictadura de lo «políticamente correcto», en general impuesta incorrectamente por gentes políticamente incorrectas y que aspira, no tanto a la uniformización del pensamiento -imposible, por lo demás- como al silencio de los discrepantes,dando, encima, por hecho que el silencio significa conformidad y adhesión. Los comunistas -los de mi generación nos lo sabemos de memoria- eran maestros consumados en imponer «silencios morales» en nombre de una situación que requería, como decían, «no hacerle el juego al sistema». Al que no se sometía, literalmente lo hundían en la miseria.

Me da la impresión de que, ahora, estamos asistiendo a uno de estos episodios típicos de la dictadura de los «políticamente correctos», en los que nadie dice lo que piensa y en los que los discrepantes buscan excusas colaterales y eufemismos para insinuar vergonzantemente lo que les parece una inconveniencia. Me refiero a este proyecto de que los homosexuales puedan adoptar niños,surgido du coté comunista del Govern y que, por lo visto, disloca de entusiasmo a todo el Pacto de Progreso, a todos los partidos y, habida cuenta la ausencia de discrepancias públicas y publicadas, a toda la población balear. Lo ha dicho esta consellera, Fernanda Caro, que parece no haber roto un plato en su vida: la sociedad isleña está «madura», es «tolerante» y existen «encuestas» que lo prueban. Transitemos, pues, con entusiasmo hacia esta conquista de la libertad.

Pues, lo siento, no pienso transitar hacia lo que me parece un despropósito, indignándome por tener que dar explicaciones previas que digan, por ejemplo, que no tengo nada contra los homosexuales, aunque no comparta sus gustos, que me importa un rábano lo que hagan con sus vidas y con sus libertades, que hay que dejarles en paz y ellos dejarnos en paz a los demás, que su sexualidad es suya y la sociedad nada tiene que decir sobre el particular y que me parece bien que el Derecho contemple -es su función- las parejas de hecho -homo o heterosexuales- en definitiva una forma de relación que tiene -o debe tener- consecuencias jurídicas.

Pero lo de la adopción es otra cosa y no sólo -como se pretende- una cuestión de libertad de los homosexuales adoptantes: hay ahí un menor, que el Derecho tutela y lo tutela en nombre de unas normas que, en todas las sociedades, emanan de un conjunto de valores morales convenidos como tales por la inmensa mayoría de la sociedad. Soy consciente de que entro en proceloso campo de múltiples facetas y complejas consideraciones, siendo inevitable,para entendernos, la simplificación reduccionista: la familia es el trasunto sacramentado por el Derecho, por la sociedad y por las religiones, de un hecho biológico tan obvio como es que un hombre y una mujer son necesarios para procrear un hijo. De ahí la centralidad del padre y de la madre como transmisores, no sólo de estereotipos masculinos y femeninos, sino de sistemas de valores en el proceso de endoculturación de los hijos, es decir, del proceso de «instalarlos» en la sociedad. La familia-lo han descrito muy bien los marxistas- transmite valores, cultura, principios morales, pautas de sexualidad, biología «culturizada», en definitiva, aunque no se sea consciente de ello. Por esto, todos los ordenamientos jurídicos sin excepción, todas las religiones y todas las culturas desde la noche de los tiempos «protegen» a la familia biológica que, cuando no es «biológica» -como en el caso de la adopción- es un trasunto de la familia biológica, es decir, reproduce sus rasgos y contenidos.

El problema de la adopción por homosexuales radica en que se permite que un ser indefenso como es el menor se instale en una «familia» que trasmite unas pautas y unos estereotipos que no coinciden con las pautas y estereotipos que hemos convenido que estén en la base de todo un sistema de valores comunmente aceptados. Un homosexual es libre para optar por la homosexualidad, concretándola, además, en una unión de hecho que,perfectamente, puede ser una «unión de Derecho». Pero el menor dado en adopción debe tener el derecho -que ejerce en su nombre el tutor, el Estado en este caso- a ser integrado en una unidad familiar que exprese y represente los valores morales, culturales y sociales asumidos de forma abrumadora, en el espacio y en el tiempo, por la comunidad humana. Dicho con otras palabras; un niño adoptado tiene derecho a tener un padre y una madre, no dos padres o dos madres, por mucho que en las uniones de homosexuales se mimeticen los respectivos roles masculino y femenino.

Respecto a la «madurez» de la sociedad balear ante esta cuestión que proclama Fernanda Caro, yo le propongo que sondee a la población con la siguiente pregunta: «En caso de fallecer el matrimonio en accidente, ¿les importaría que su hijo se entregara en adopción a una pareja de homosexuales?». No tiene redaños para hacer esta encuesta porque sabe perfectamente cuál sería la respuesta.



ANTONIO ALEMANY

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